Nacer, momento expectante el de ingresar a un mundo desconocido sin idea de que nos deparará, asistir a ese ser que titubea en salir, dado que se encuentra en un mundo placentero. Entiendo que debe tomar una decisión importante pero ya no depende de él, el tiempo lo apura.
Vivir nada nuevo para él dado que desde su primera señal de vida comenzó su desarrollo, elegir ¿qué hacer? Garantía de que todo marchará bien, imposible de asegurar. Vivimos un mundo en explosión por el lado que se mire.
Amar a los seres que lo diseñaron, a la naturaleza, a todo lo nuevo que aún no ha visto, con lo que aún no ha tomado contacto.
Diferenciar lo bueno de lo malo, reconocer las personas que lo rodean, aprender a balbucear, a sonreir para satisfacer a todos, a expresar con sus sollozos sus necesidades, que acepten que aún no comprende de horarios.
Tan sólo se manifiesta en su idioma que es el llanto y a través del mismo expresará sus deseos de comer, dormir o algún malestar natural de su desarrollo. Son demasiadas responsabilidades las que deberá asumir si desea afrontar esta realidad, navega y navega sin resolver.
El tiempo ha concluido, su mundo silencioso se transforma en algo extraño, sus oídos comienzan a sentir sonidos que lo alborotan, juego de luces que no logra descifrar, percibe una multitud que aguarda su aparición.
¿Se pregunta así mismo una vez más? Se atreve y en medio de una revolución inexplicable para él, su ambiente calmo, tibio en donde todo es placentero se transforma en bullicio, en miradas, se siente roseado por las lágrimas de alegría que deslizan sus progenitores.
Por dentro se sonríe de tanta algarabía cuestionándose ¿cómo los adultos no comprenden que deben mantener un clima similar en el que vivió tantos meses?
Mercedes Giangrande












