Pertenecer a la estética graffitera contribuye a diferenciar productores de este “arte” respecto de aquellos que no lo son. En ese sentido, Lacarrieu explica que desde esa estética se producen procesos de conformación de identidades en grupos vinculados a dicha actividad. De modo que los jóvenes graffiteros se constituyen en “sujetos en tránsito” que se mueven por diferentes espacios y actividades, y eso es lo que sucede en la intersecciòn de Cabrera y Uriarte, en el porteño barrio de Palermo.
Cualquiera sea la técnica utilizada, el graffiti le “grita” a la indiferencia ciudadana. Para Claudia Kozak, sus significaciones indagan sobre cómo los individuos utilizan (o, en este caso leen) el espacio en el que viven. De este modo -sostiene- el graffiti supone otra manera de habitar la ciudad, cubriéndose con significados imprevistos y heterogéneos surgidos de su contacto con la escritura callejera. Considera que estas expresiones artísticas conviven con la arquitectura, obteniendo un interesante equilibrio entre el objeto mismo y la lectura estética que éste ofrece respecto del contexto cultural al que pertenece.
Asimismo, en ciudades europeas los graffiteros logran conjugar la adrenalina emergente de la pintada con las propias demandas de los ciudadanos, tal como la demarcación de ciclovías o de elementos estéticos funcionales a los peatones. Indudablemente, el graffiti tiende a convertirse en una huella material y simbólica del espacio público. Para Mónica Lacarrieu es una forma de arte que salió del museo a la calle y que nació en términos de “contestación” como mecanismo de disputa y de puesta en escena pública de contradicciones sociales.












