En enero de 1871, un furioso brote de fiebre amarilla devastó Buenos Aires: la epidemia mató al 8% de los porteños en solo 6 meses. La vida social se reconfiguró por completo, y una de las consecuencias fue la migración de las clases altas del sur al norte de la ciudad.
¿Sabías que así fue como se empezaron a poblar barrios como Recoleta o zonas que no estaban urbanizadas, como Palermo o Belgrano? Hasta entonces, allí solo había chacras y quintas.
Los primeros casos de la enfermedad se detectaron en San Telmo, y la fiebre amarilla se esparció muy rápido por toda la zona sur. La ciudad recién se estaba armando, y la región habitada estaba concentrada en los alrededores del puerto: el centro se ubicaba en lo que hoy es Barracas, San Telmo y La Boca.
#Datodecolor: En aquella época, Buenos Aires estaba atravesada por arroyos, que eran verdaderos focos de infección. Junto con el agua sucia, por ellos corrían deposiciones humanas y de caballos, y hasta animales muertos.
Un tercio de la población se trasladó en busca de aire más saludable, dejando deshabitadas sus grandes residencias. Las mansiones abandonadas se convirtieron en conventillos, que albergaron a los inmigrantes y a los sectores más pobres. Allí vivían hacinados, en condiciones muy precarias.
Dato de color: El método para achicar los volúmenes de basura consistía en pasar una aplanadora por encima de los desperdicios. Pero este sistema no los eliminaba, sino que los dispersaba y los preparaba para ser usados como relleno de terrenos bajos y desniveles.
El interesante tema del saneamiento de la ciudad, otra de las grandes consecuencias de las epidemias, será tema de otro capítulo. © Toribio Achával













