La Diputada Cecilia De La Torre quiere presentó un proyecto para poner una placa en el monumento a Julio Roca por el centenario de su muerte. Ésto ha despertado algunas rispideces entre sus colegas como así también aprobaciones por parte de algunos bloques. En su presentación, presentamos en detalles a sesión de dicho día.
Artículo 1º.- La Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires conmemora, el día 19 de octubre de 2014, el centenario del fallecimiento del General Julio Argentino Roca, dos veces Presidente de la República Argentina.
Art. 2º.- Con el propósito expuesto en el artículo precedente, se colocará una placa conmemorativa sobre un lugar disponible en el pedestal del monumento al General Julio Argentino Roca sito en la intersección de la Diagonal Presidente Julio Argentino Roca y las calles Adolfo Alsina y Perú con el siguiente texto:
LA LEGISLATURA DE LA CIUDAD AUTONOMA DE BUENOS AIRES AL GENERAL JULIO ARGENTINO ROCA AL CONMEMORARSE EL CENTENARIO DE SU FALLECIMIENTO
1914 – 19 DE OCTUBRE – 2014
Art. 3º.- Los gastos que demande el cumplimiento de la presente Resolución serán imputados a la partida presupuestaria correspondiente.
Art. 4º.- Comuníquese, etc.
FUNDAMENTOS
Señora Presidenta,
El General Julio Argentino Roca es uno de los máximos próceres de la historia argentina. Nació en San Miguel de Tucumán, el 17 de julio de 1843, y falleció en esta Ciudad de Buenos Aires, el día 19 de octubre de 1914. En su larga entrega al servicio de la Patria, ocupó la Presidencia de la República en dos oportunidades: 1880-1886 y 1898-1904.
En su carrera militar, iniciada a los 15 años con el despacho de Alférez de Artillería, alcanzó el máximo rango, llegando a General de la Nación. Como militar, sirvió en la Brigada de Artillería «7 de octubre» del Regimiento 1º de Línea de Entre Ríos. Participó en los conflictos entre Buenos Aires y la Confederación Argentina, producidos entre 1859 y 1861. En la Guerra de la Triple Alianza, fue nombrado Comandante del Regimiento de Guardias Nacionales de la Provincia de Salta en el año 1865. En esa guerra murieron tanto su padre como dos de sus hermanos. Regresó con el grado de Coronel antes del final de la guerra y fue enviado al Norte del País para repeler el último intento de insurrección del caudillo Felipe Varela. Participó en el sofocamiento de la rebelión federal de Ricardo López Jordán en Entre Ríos, en 1871. Al finalizar la Revolución de 1874 alcanzó el grado de General, tras vencer al General rebelde, José Miguel Arredondo —quien respondía políticamente a Bartolomé Mitre— en la batalla de Santa Rosa. Es decir, Roca no fue un militar de escritorio, fue un soldado al que le tocó participar en uno de los períodos más convulsionados de nuestra historia, recorrió el período de anarquía hasta la consolidación de un Estado unificado bajo una Constitución vanguardista, que estableció las más amplias libertades y garantías individuales conocidas en la época.
Como político, fue el más progresista de su época. Durante su Presidencia se sancionó la Ley de Registro Civil (el 31 de octubre de 1884) y, tras la celebración del Primer Congreso Pedagógico Nacional, impulsó la Ley 1.420 de Educación Común, que estableció la Educación Primaria obligatoria, gratuita y laica. Gracias a esa Ley, la República Argentina logró reducir drásticamente el analfabetismo, formar ciudadanos plenos y libres, y estuvo en condiciones de recibir y educar a quienes llegaron a nuestro País, formando parte de uno de los movimientos migratorios más colosales de la historia de la humanidad, para lo que dispuso, además de la decisión política, una fuerte inversión en el presupuesto.
Al asumir Roca su primer período presidencial, las escuelas públicas llegaban a 1.214, mientras que seis años después alcanzaban el número de 1.804. Le dio prioridad a la formación de maestros –sin los cuales no podía extenderse el sistema educativo–, tópico que había preocupado con anterioridad a Sarmiento, quien fue designado como Superintendente de Escuelas del Consejo Nacional de Educación. Sarmiento trajo a maestras estadounidenses para que formaran a docentes argentinos con lo más avanzado en materia pedagógica de la época desde 1869 a 1891. Es así que de los 1.915 docentes que había en el año 1880, seis años más tarde su número ascendía a 5.348, por ende la cantidad de alumnos por docente pasó de 45,4 en 1880 a 33 en 1886.
Durante su primera presidencia se dictó la Ley de Educación Superior, llamada Ley Avellaneda, que diseñó un sistema universitario que perduró hasta la reforma de 1918, otorgando facultades a los consejos superiores de las universidades nacionales de Córdoba y Buenos Aires para que ellos mismos pudieran dictar sus estatutos. También durante su presidencia se dotó a la facultad de Medicina del Hospital de Clínicas.
Asimismo, creó las escuelas comerciales de Rosario, Capital, Bahía Blanca y Concordia; la Escuela Industrial de la Nación; el Instituto de Agronomía y Veterinaria y diversas escuelas prácticas de Agricultura, en combinación con el ministerio del ramo. En el campo universitario, se creó el Instituto del Profesorado de Lenguas Vivas, se estableció la independencia económica de las universidades y se inauguró el nuevo edificio de la Facultad de Medicina.
También promovió la enseñanza técnica mediante la creación de escuelas de aprendices, anexas a los talleres de ferrocarriles del Estado, Andino y Central Norte; creó la escuela de Ingenieros de San Juan, orientada a la minería y la escuela de Agricultura en Mendoza, con especialización vitivinícola.
El Congreso sancionó leyes para financiar la publicación de las obras completas de sus pares Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi, como así también la “Historia Argentina” de Vicente Fidel López y la “Historia de San Martín” de Bartolomé Mitre, nuestros primeros dos historiadores nacionales. Su actividad a favor de la educación da testimonio de aquello que él afirmaba: «Tengo la íntima convicción de que la base más sólida del engrandecimiento de un Pueblo es la instrucción general.»
Una de las consecuencias de las nuevas leyes educativas, fue el aumento de la conflictividad con la Iglesia Católica, que vio –en el enunciado de éstas y de otras leyes- una limitación en la influencia que sostenían en áreas que consideraban propias. Se opusieron fervientemente a la exclusión de la enseñanza religiosa de los programas educativos, así como también a la creación del Registro Civil y, especialmente, a la Ley del Matrimonio Civil. La gravedad del enfrentamiento incluyó la expulsión del Nuncio Apostólico y la posterior ruptura de relaciones diplomáticas con la Santa Sede.
La sanción de la Ley de Matrimonio Civil, dictada en aquella época puso a nuestro País entre los más vanguardistas del orbe y constituyó un avance progresista que sería un acto de injusticia no reconocer.
En 1880, Roca lideró las tropas nacionales para lograr la federalización de Buenos Aires, contra los deseos del Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Carlos Tejedor, que puso a la Guardia Nacional en pie de guerra contra el gobierno de Nicolás de Avellaneda. El enfrentamiento fue particularmente cruento. Tras feroces combates en Puente Alsina, Los Corrales y San José de Flores, las tropas de Tejedor fueron derrotadas. Por un acuerdo gestionado por Mitre, se dispuso el desarme de la milicia provincial y la renuncia de Tejedor, quedando el cargo en manos del vicegobernador José María Moreno. Es decir, esta Ciudad de Buenos Aires es la Capital Federal de la República Argentina, también por la acción del General Julio Argentino Roca.
Roca estableció las fronteras de la actual República Argentina. La principal preocupación en política exterior del gobierno de Roca fue fijar los límites con Chile, que nunca habían sido fijados con precisión y mantenían cientos de puntos conflictivos, sin mencionar el reclamo sobre toda la Patagonia. Con gran habilidad política y evitando llegar a un conflicto armado, llegó a firmar el Tratado de Límites con ese país, del año 1881. Por el mismo se establecía que «La línea fronteriza correrá en esa extensión por las cumbres más elevadas de dicha Cordillera que dividan las aguas y pasará por entre las vertientes que se desprenden a un lado y otro…» hasta el paralelo 52 Sur. Es decir, Chile renunció a su reclamo sobre la Patagonia y se fijó el criterio que, cien años después sería utilizado por nuestra Nación para mantener a Chile sobre el Pacífico y Argentina sobre el Atlántico.
El histórico encuentro entre los presidentes Roca y Errázuriz en el Estrecho de Magallanes, en febrero de 1899, puso de manifiesto la voluntad para el mantenimiento de la paz entre las dos naciones.
Entre otros cargos que ocupó en su vida política, se destaca su actividad como Senador por la Capital (15 de mayo de 1888/1890); Ministro del Interior (el 9 de agosto de 1890); Senador por Tucumán (el 12 de mayo 1892/1898); Comandante del 1er. Cuerpo de Ejército en la Revolución de agosto de 1893; El 12 de octubre de 1904 entregó el bastón presidencial al Dr. Manuel Quintana. Al dejar el gobierno, el Presidente Roque Sáenz Peña le encomendó una misión diplomática al Brasil, que el general Roca desempeñó con marcada habilidad y tacto exquisito, misión que anudó más los lazos de amistad y comercio entre las dos grandes naciones de la América del Sud.
Aquella misión diplomática fue el último acto público del gran argentino y su viaje a Río de Janeiro, el postrero de su vida, pues falleció en la ciudad de Buenos Aires, el 19 de octubre de 1914, siendo sus funerales una profunda y elocuente exteriorización del intenso pesar que causó su muerte en todo el Pueblo argentino, que perdió con él a uno de sus más grandes líderes. El general Mitre, ya anciano y verdadero patriarca de la argentinidad, fue a su casa ese mismo día para felicitarlo por su gestión: «Ha cumplido», le dijo parcamente, porque el juramento de su asunción, en 1898 lo había hecho ante el patricio.
A continuación dejamos, a modo de compendio, un listado de las principales acciones de su primer y segundo gobierno que se resumen en su lema “Paz y Administración”:
• Organización de la Municipalidad de la Capital.
• Federalización de los partidos de San José de Flores y Belgrano.
• Reformas urbanísticas en Buenos Aires.
• Creación de la moneda nacional.
• Organización de tribunales de la Capital y de la Corte Suprema.
• Inicio de las obras del puerto de Buenos Aires.
• Creación del Consejo Nacional de Educación.
• Ley de Educación Común.
• Creación de escuelas técnicas.
• Organización de los Territorios Nacionales.
• Creación del Registro Civil.
• Ley Avellaneda para las universidades nacionales.
• Creación del Banco Hipotecario y de la Caja de Ahorros y Recursos.
• Ley de Aduanas.
• Ley de Correos, Telégrafos y Teléfonos.
• Expansión de las obras públicas en todo el país.
• Construcción de 4.000 km de vías férreas.
• Fomento de la producción agrícola-ganadera.
• Organización de la Campaña de los Andes.
• Organización de la Campaña del Chaco.
• Acciones para fomentar la inmigración.
• Consolidación de la paz interna.
• Tratado de límites con Chile.
• Organización del Ejército y la Marina.
• Organización del Poder Judicial de la Nación.
• Ley electoral por circunscripciones.
• Inauguración de Puerto Belgrano y del puerto de Rosario.
• Creación de la Caja Nacional de Jubilaciones y Pensiones.
• Ley de Conversión de la moneda.
• Primer observatorio meteorológico en la Antártida (Islas Orcadas del Sur)
• Desarrollo de las obras de irrigación y sanitarias en el interior del país.
• Construcción de escuelas, hospitales, líneas telegráficas y caminos.
• Fomento de la instrucción primaria.
• Presentación del Código de Trabajo.
• Fomento de actividades culturales.
• Tratados de arbitraje con Uruguay, Paraguay y Bolivia.
• Intercambio diplomático por la paz con Perú y Ecuador.
• Abrazo del Estrecho y Pactos de Mayo con Chile.
• Intercambio de visitas con el presidente del Brasil.
• Tratados de amistad y comercio con Persia y Japón
• Doctrina Drago.
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La Campaña al Desierto y el mito del genocidio.
El debate sobre si la Campaña al Desierto fue o no un genocidio sobre pueblos originarios tuvo su punto más álgido entre junio y diciembre de 2004, con la polémica desatada entre los historiadores Juan José Cresto, Presidente de la Academia Argentina de la Historia y Director del Museo Histórico Nacional, y Osvaldo Jorge Bayer, periodista anarquista que estudió en la Universidad de Hamburgo.
Pero ni siquiera se puede decir que fue un debate porque, más allá de alusiones y agresiones veladas, nunca hubo entre ellos un intercambio franco de opiniones. Cada parte expuso sus razones, aisladamente. Es que, en verdad, no se trató de un debate historiográfico. No hay discusión sobre la ocurrencia de hechos históricos, sino sobre la actual valoración de esos hechos, que se realiza 130 años después.
Desde un revisionismo histórico, que tiene como uno de sus emblemas la reivindicación de Rosas, que en sus dos campañas al desierto dejó sobre el campo de batalla más del triple de muertos indígenas, se puede denostar al Gral. Julio Argentino Roca por la llamada Campaña del Desierto, llegando en algunos casos a calificarlo como un «genocida» de pueblos originarios.
En primer lugar, la conducta de las personas no puede ser valorada con abstracción del tiempo y del lugar en que a éstas les ha tocado actuar, y menos utilizando conceptos elaborados por la civilización muchas décadas después, como es el caso del genocidio.
Pretender acomodar la historia de un País a las necesidades conceptuales de un relato unificado, que se pretende imponer desde el poder, 130 años después, tampoco es un método historiográfico, sino un trabajo propagandístico.
La pampa agreste y la Patagonia no estaban desiertas, pero estaban habitadas con asentamientos dispersos y en su mayor parte provisorios, por un número que oscila entre 20.000 y 50.000 personas, según las fuentes. Es decir, estaban prácticamente desiertas. Pero el problema no eran los habitantes estables, aislados y dispersos, sino los que venían del otro lado de la cordillera con el propósito de robar hacienda, armas y otros bienes de nuestros poblados y ciudades más expuestas. También traficaban personas, siendo sus objetivos las mujeres y los niños. A las cautivas -tal el nombre que popularizó esa práctica – les hacían un tajo profundo a lo largo de la planta de los pies, para evitar que se fugaran. La fuerza de choque para ese negocio eran un grupo de tribus, las más belicosas, que realizaban malones. La historia argentina está llena de historias de pequeños y de muy grandes malones durante los siglos XVIII y XIX, pero el más grande de todos fue El Malón Grande de 1870. Producto de la más colosal alianza de tribus mapuches y multiétnicas de las que se tenga memoria. Namuncurá, Mariano Rosas, Pincén y hasta Catriel unieron sus lanzas con el propósito final de llegar hasta Buenos Aires. En las primeras incursiones, los testimonios hablan de decenas de caciques, centenas de capitanejos y entre 5.000 y 8.000 lanzas (tenían caballos y rifles alemanes que les daban en Chile) que arrasaron Azul, Olavarría y otros departamentos vecinos, llevándose 300.000 cabezas de ganado y 500 cautivos, y dejando un saldo de 200 muertos entre la población civil de esas ciudades. Las noticias que llegaban a Buenos Aires eran preocupantes. Llegaron a registrarse escenas de pánico. Todavía hay testimonios arquitectónicos en el segundo y tercer cordón del Gran Buenos Aires, de viviendas construidas o preparadas para resistir esos grandes malones, que finalmente nunca llegaron. El durísimo combate de la Laguna Paragüil, el 18 de marzo de 1876, fue el primer freno al avance arrollador del Malón Grande. Los hombres del Gral. Levalle debieron pelear cuerpo a cuerpo, bajo una densa niebla, durante cinco horas. Cuando se disipó la niebla, pudieron comprobar que estaban completamente rodeados por un número de indígenas muy superior. Cuando todo parecía perdido, como en las películas norteamericanas, llegó al rescate el Regimiento 1ro. de Caballería, al mando del Coronel Maldonado, que terminó poniendo en fuga a los indígenas y recuperando hacienda robada.
El 16 de abril de 1879, el General Julio Argentino Roca iniciaba la Campaña del Desierto. Se trataba de una campaña militar y no de una expedición, porque para cumplir con las metas propuestas era necesario combatir a las tribus belicosas, impulsadas y abastecidas por quienes se beneficiaban del producto de los malones, que se comercializaba del otro lado de la cordillera.
Los arreos de ganado llegaron a superar las 300.000 cabezas por parte de la Confederación Indígena en desmedro del Estado argentino. El arreo incluía mujeres, niños y personal de servicio. A las mujeres las sometían sexualmente, a los negros los quemaban «para que los blancos no hicieran pólvora con sus cuerpos». En Guaminí existía un mercado de cautivas que se vendían al mejor postor. El negocio contaba con la complicidad de mercaderes italianos, españoles y criollos.
Durante la contienda, el Ejército Argentino tuvo el apoyo de aquellas tribus de indios que habían sido sometidos por la Confederación Indígena establecida en 1835 por Juan Calfucurá (llamado El Emperador de Salinas Grandes) y que su hijo, Manuel Namuncurá, lideró a su muerte. En ese año, 1835, una caravana de unos 200 indios araucanos llegados de Chile se presentó a comerciar, como era habitual al menos una vez al año, con la tribu vorogana de Salinas Grandes (actual provincia de La Pampa). En el momento en que debían iniciarse los festejos por la reunión, los araucanos atacaron a sus parientes y en medio de un infernal griterío degollaron a los caciques Rondeau, Melin, Venancio, Alun, Callvuquirque y a muchos capitanejos y ancianos. Por primera vez se escuchó en las pampas el nombre del cacique Juan Calfucurá que comandaba a los chilenos. Inmediatamente procedió a ejecutar a otros caciques de tribus vecinas y a buscar la alianza con las mismas una vez «decapitadas». Fue así como atrajo a voroganos, pampas, ranqueles y araucanos y en pocos años formó una enorme confederación con la que dominó rápidamente el Sur de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba San Luis, Mendoza, y las actuales provincias de La Pampa, Neuquén y Río Negro, teniendo como centro Salinas Grandes.
Gracias a la Campaña del Desierto se incorporaron al territorio argentino 15 mil leguas, se terminó con el sometimiento de las tribus originarias (que pelearon cuerpo a cuerpo junto al Ejército argentino, tales como los ranqueles, salineros, manzaneros, entre otros) en manos de los araucanos.
El dominio del Estado argentino sobre los territorios adquiridos en virtud de la campaña de Roca fue completado durante la presidencia de éste con el envío de nuevas expediciones, el establecimiento de destacamentos militares en puntos estratégicos, el fomento de las comunicaciones costeras y una legislación que organizó el nuevo territorio en distintas jurisdicciones.
Pero, además, existen una serie de cuestiones que deben tenerse en cuenta: la expedición debe adjudicarse al gobierno del Presidente Nicolás Avellaneda, quien designó para comandarla a su Ministro de Guerra, el General Julio Argentino Roca, en estricto cumplimiento de una ley cuyo cumplimiento se demoró durante años por las dificultades políticas y económicas del país. La ley, la expedición y la organización fueron discutidas en el Congreso y votadas democráticamente. Todo el país, toda la población de la Nación, quería terminar con este oprobio, desde el Congreso y los gobiernos provinciales hasta los periódicos, sin excepción.
Roca organizó la expedición y a ella se incorporaron no solamente cuerpos militares, sino también periodistas, hombres de ciencia y funcionarios. El periodista Remigio Lupo la integró como corresponsal del diario La Prensa y remitió sus crónicas. Monseñor Antonio Espinosa publicó su diario, con noticias muy valiosas de todo lo mucho que vio, pero también escribieron hombres de ciencia, como los doctores Adolfo Doering y Pablo Lorenz, y naturalistas, como Niederlein y Schultz, que estudiaron la flora, la fauna y las condiciones del suelo.
Acompañaron también enfermeros y auxiliares. Los indios prisioneros y los niños, mujeres y ancianos fueron examinados por sus dolencias, vacunados y muchos de ellos remitidos a diversos hospitales de la muy precaria Buenos Aires de esos días.
Como bien se pregunta Cresto: ¿puede creerse que todas estas personas y otras que siguieron paso a paso la expedición, pueden ser cómplices de silencio en caso de genocidio? ¿Se concibe un secreto de cinco mil personas? ¿Lo hubiera permitido un humanista como el presidente Avellaneda? La única realidad es que la llanura pampeana quedó libre de malones y que a los indígenas se les asignaron grandes reservas, si bien es cierto que individuos inescrupulosos les cercenaron posteriormente muchas de sus parcelas con supuestos derechos, actitud reprobable, sin duda, que forma parte de otro episodio, con otros protagonistas y que ha generado otro tipo de litigios y reclamos.
Muchos hechos más, desacreditan la hipótesis del genocidio:
Varias tribus indígenas combatieron aliadas a las tropas del estado argentino, en contra de otras tribus;
Varios pueblos originarios de la región se habían extinguido previamente por matanzas o conquistas de las tribus de araucanos provenientes de Chile;
Ambos bandos contaban con fusiles. Los indios compraban fusiles Martini-Henry en Chile y a cambio pagaban con el ganado argentino robado en los malones. En ocasiones eran provistos de estas armas por quienes les compraban el producto de los malones, del otro lado de la cordillera.
Falta de documentación sobre hechos a partir de los cuales se pueda inferir que se trató de genocidio o de la existencia de hechos de crueldad. Además, esta falta no se debe a que se ocultaran los hechos, ya que a la expedición se incorporaron periodistas, hombres de ciencia y religiosos que escribieron y publicaron lo que vieron;
Se pone en duda que las más de 5.000 personas que participaron en las campañas hubieran sido todas cómplices de un genocidio, ocultando información de este tipo;
Se pone en duda que lo hubiera permitido un humanista como el presidente Nicolás Avellaneda;
Los testimonios coinciden en reconocer el buen trato dado a los indios prisioneros, niños, mujeres y ancianos, quienes fueron examinados por sus dolencias, vacunados, y muchos de ellos remitidos a hospitales de Buenos Aires;
Asignación por parte del Estado de grandes reservas de tierra a los indígenas, inclusive a los caciques y tribus del bando derrotado. Aunque fueron cercenadas posteriormente, esto último fue hecho por individuos particulares y no por el Estado Argentino;
El discurso del 13 de septiembre de 1878 del general Roca ante el Congreso no habló de exterminación sino de «absorción y asimilación» y la ley del 4 de octubre de 1878 del Congreso Nacional, que financió la campaña, estableció la entrega de tierras a los que se sometieran y a los indios amigos;
La cantidad de indios muertos en la Campaña (1.313) en contraposición a la cantidad de prisioneros entregados al Gobierno Nacional (11.784) no es compatible con una intención de exterminio;
El 5 de mayo de 1884 se aceptó la rendición del Cacique Manuel Namuncurá y recibió el grado de Coronel de la Nación, como una forma de incorporación de los indios a la Nación Argentina y no como un exterminio;
Los indios guerreros tomados prisioneros durante el avance de Roca se incorporaron al Ejército Argentino como soldados;
Esto no es una interpretación política, son los hechos que han ido recogiendo los historiadores, en base a testimonios y documentación indubitable.
La obra de gobierno del Presidente Roca fue tan importante, progresista y trascendente, que ante la imposibilidad de cuestionarla, se armó el mito del genocidio, y todavía desde algún extremismo ideológico se insiste con ella, pese a toda la evidencia que lo desmiente.
Sería un acto de imperdonable ingratitud frente a la memoria del Prócer ceder a la difamación de quienes subordinan la verdad a sus intereses políticos o ideológicos.
Por lo expuesto solicito a mis colegas legisladores la aprobación del presente proyecto de conmemoración al cumplirse el centenario del fallecimiento del Gral. Julio Argentino Roca.











