
Por Ana Leguísamo Rameau. A pocos días de casi regularizarse la situación educativa porteña, con protocolo estricto, varios colegios transitan momentos de desesperación económica y optan por cerrar sus puertas al igual que otros tales como Bares, Pymes en sus distintas disciplinas, y demás empresas. Nadie puede llegar hasta el final del camino, en plena pandemia, con los ahorros del año, tras una economía desgastada y sin rumbo claro.
La crisis anterior del gobierno de Mauricio Macri, sumada a la crisis actual de Alberto Fernández, pone de manifiesto una caída total de los ingresos y producción. La fuga de capitales, el dólar disparado a horizontes impensados y la falta de un rumbo claro, más el peso argentino totalmente desvalorizado en la actualidad, son situaciones que posicionan a los argentinos ante un momento total de desesperación e incertidumbre.
No se desconoce que la pandemia se sufra a nivel mundial pero, ante la posibilidad de un Gobierno que no tiene absolutamente clara la visualización de una dirección correcta, la economía se desploma y surgen aristas como producto de éstas tales como la inseguridad, la delincuencia, la toma de terrenos y el oportunismo de aquellos que se adueñan de los campos y predios ajenos en nombre de grupos que no responden a su accionar. De este modo, surge el oportunismo de los ladrones y, al viejo decir «A río revuelto, ganancia de pescador» queda más que claro que son muchos los que se benefician con esta situación caótica. Así, no hay límites para muchos porque la actitud de los otros está atenta al robo permanente. Por ello ¿Cómo puede ser justo que, desde la frontera de otros países, crucen extranjeros para llegar a la Argentina y, de ese modo, cobrar los planes y subsidios actuales que sólo deben obtener los habitantes argentinos o residentes de este país? ¿Hasta cuando la Argentina dejará de ser el granero del mundo que alimente a los ladrones de adentro o de afuera?
Mientras tanto, la clase media desesperada espera sin tregua. Lo ha hecho desde el Gobierno anterior, cuando la ayuda sólo llegaba para los grandes empresarios y ricos. Por otro lado, la presencia de un Gobierno actual populista pone, una vez más, de manifiesto a la clase media descubierta e irritada porque a ningún grupo político parece interesarle su presencia. Tan sólo existe allí para cumplir con el proceso estricto de pagar impuestos o de llenarse de deudas para poder subsistir ante el camino de la lucha mientras su Pyme decae, mientras el alquiler sube a precios impensados, o sus hijos ya no tienen qué comer.
Por ello y para finalizar entiendo que, ante tal desplome económico, la tolerancia de los habitantes del suelo argentino ya no saben de qué modo proceder y allí surge el verbo en común que identifica a muchos: «reinventarse», como si reinventarse fuera lo que nos saque adelante, pero la obligación de hacer de este pueblo un lugar próspero no nace del ingenio de unos pocos. El estado debe estar presente en todo momento, pero no subsidiando de por vida a la gente con planes eternos. Un Estado presente debe actuar desde la producción del trabajo y la manifestación más concreta de aquellos argentinos que puedan salir adelante con la dignidad de un empleo y un horizonte claro hacia la producción.












